No queda nada de ti
y yo estoy muerta.
No queda nada de ti
y yo estoy muerta.
Me mezco, sujetando mis muslos
entre mis brazos.
Me canto una canción de cuna.
Me cierro los ojos.
No queda nada de ti
y yo siempre he estado muerta.
No queda nada de ti
y yo estoy muerta.
No queda nada de ti
y yo estoy muerta.
Me mezco, sujetando mis muslos
entre mis brazos.
Me canto una canción de cuna.
Me cierro los ojos.
No queda nada de ti
y yo siempre he estado muerta.
Ay.
¿Dónde?
En todas partes.
¿También en el ártico?
También.
¿Y qué es? Yo digo amarillo.
Más bien transparente.
¿Un vaso? Están en todas partes. Son transparentes.
Si es un vaso lo podemos controlar fácilmente.
Hay vasos muy escurridizos, sobretodo si están recién fregados. Los vasos mojados son casi incontrolables.
Yo quiero ser un vaso mojado. Y si se cae y se rompe, pues ya vendrá alguien a limpiarlo.
Serías el mejor vaso del mundo.
¿Y tú? ¿Medio lleno o medio vacío?
Yo prefiero ser un vaso de plástico. Práctico, y nadie tiene que preocuparse por fregarlo. Solo te lleva alegrías a la boca, y luego le dices adiós sin remordimientos.
No siempre lo son. A veces se rajan, y te manchas las manos.
Todo tiene riesgos. Pero un vaso de cristal puede cortarte. Uno de plástico solo te mancha. Siempre es divertido limpiarse las manos a lametones.
Esa mujer vuelve a agitar
las sábanas blancas en el balcón.
Mañana el mantel estará sucio
manchas circulares y quemazón.
He sublimado mi ser,
y ahora todos huyen apretados en el ascensor
mientras espero rompiendo platos
que vengas a terminar la función.
Por qué el sueño siempre acaba
con mi cáscara la envenenada
y tu copa de vino, el perdón.
No sé lo que significa querer.
No sé nada sobre el amor.
Pero te puedo asegurar,
con una mano arañándome el cuello,
con las rodillas arañadas
de tanto suplicar,
y gritar,
que lo más parecido a un te quiero
es esto que siento.
Y que aún así,
nada va a cambiar.
Te escribiré como Cortázar le escribió a Alejandra. Pero espero que nuestro final, sea por lo menos, un poco feliz. –Porque te lo mereces– y yo ya, no lo sé.
Duermo entre cenizas, cristales, ruinas.
Siento que la voz de mi amante
puede desaparecer en el aire
y el césped se tragará mi dolor.
He muerto como mueren las paranoicas
viviendo de la belleza de los espejos sucios.
La luna se ha convertido en mi sol
y cuando la noche despierta
pienso en que todos tenemos un destino ante dios.
Nunca será igual.
Nunca será igual.
Hablaré contigo mañana
cuando este sopor se pierda
cuando no me queden dolores de cabeza
mientras tú te ahogas en una nube de humo
y todo se desmorona.
Soñé que tú eras yo
y yo era tú. Pero
no nos conocíamos,
ni sabíamos cual era el timbre de nuestras voces.
Y aún así,
sabíamos que éramos nosotros,
porque lo teníamos que saber.
Y que sin saber que estábamos, estaríamos.
Como dos ángeles de la guarda que se velan en silencio y mutuamente,
pero siendo reflejos de algo que no existe.