aunque el corazón late despacio
quedan noches por delante.
para mí su melodía.
Y volarán los globos
como si tuvieran vida.
se tatuará la rama
que nunca estuvo podrida.
Cuando jugó a querer nunca pensó en que fregando los platos, rompería aquel vaso.
Ni que se cortaría con los cristales.
Tampoco reparó en que los armarios son muy pequeños,
y que le gustaba el baño limpio,
la pasta de dientes bien cerrada,
y la tapa bajada.
Cuando se le ocurrió madurar,
olvidó que los despertadores no dejaban de sonar por mucho que los golpeara. También que los abrazos nunca estaban de más.
Cuando él la miraba, nada se paraba. Ni había fantasías, ni mariposas volando. Si la besaba, cerraba los ojos y no veía firmamentos por su espalda, ni cohetes directos a la Luna en un vuelo sin escala.
Cuando él le dijo 'te quiero' ella enmudeció. Se limitó a hundir la cabeza en su pecho. Y así fue como mundo se resumió en un 'yo también.'
La soledad le había dado el poder para detectar las cosas rotas. Por eso decidió desprenderse de él. Y por mucho que el barco fuera a hundirse sin capitán, el ancla estaba levantada.
Ni siquiera se preguntó por qué había tomado ese autobús huyendo de sus demonios mientras la lluvia le revolvía el estómago.
Nadie la miró cuando abrió el bolso y rebuscó en él la paz anhelada por los descorazonados. Y cuando la última pastilla descendió por su garganta, lo único que pudo leer fue emergencia de salida.
Voy caminando. Despacio. Silenciosa.
Ya nada es lo que era, pero no me importa.
No viviré en las ciudades que había imaginado,
creo que las enterraron,
junto a fosas comunes de sueños despedazados.
La gente no me mira. Las aceras están vacías.
Alzo una bandera blanca, como si sirviera de tregua.
Pero entre tú y yo, no hay guerra ni paz
ni gloria, ni sangre derramada.
No somos soldados en el campo de batalla,
ni tiros por la espalda.
Solo sé que no se nada.
Y qué si me apetece odiarme.
Voy a mirarme en el espejo hasta vomitar flores
y tragarme las espinas.
No intentes detenerlo,
la calle sigue vacía.
Igual es que no servimos para esto.-le espeté mientras le sacaba a rastras de mi vida. Y así fue como dejé escapar todos mis trenes, ya no queda ninguno para mí.
Me marchité silenciosamente como una rosa negra, cubriéndome de espinas, desgarrando a mi paso.
Todavía el sonido de la lluvia al caer me trae una imagen vívida de tu rostro, inútil. ¿Acaso tú te acuerdas de mí?
Si los trenes salen, las estaciones cierran, el tiempo avanza, la niebla espesa y el frío llega... Si la vida sigue y desgasta y continua y mata, ¿por qué no puedes acordarte ni un poco de mí?